Piticlín, piticlín

Normalmente cuento lo que voy a pasar a relatar ahora y la gente se despolla, se ríe de mí en mi cara o directamente me dice que soy un gilipollas (o un mentiroso, aunque eso me lo llaman menos): resulta que no sé decir que no.

Evidentemente, las frases así de categóricas son muy feas, y hay que manejarlas y matizarlas bien para que mañana esto no se convierta en una guerra de colgaos pidiéndome cosas tan peregrinas como que sea su asistenta particular, que me case con ellos o que les eche un polvo . Que de todo hay en esta vida. Por tanto, procedo a matizar: si algo no me cuesta, no me supone ningún prejuicio grave (entendamos por esto dignidad) y no me supone daño físico (iba a poner también moral, pero me lo he pensado mejor) suelo acceder a casi todos los favores que se me piden. Incluso si algo entra en confrontación directa con alguno de los supuestos anteriormente mencionados, hay veces que -según quién me lo pida- me sigue costando decir que no.

Esto viene porque he constatado esta semana que soy un poco ligerito de cascos dando mi teléfono a todo aquel que me lo pide. Ya me pasó alguna vez en el trabajo: me habían cortado la línea de teléfono fija (eso se merecería otro capítulo aparte) y tuve que dar mi móvil para un par de transacciones. Aquello se convirtió en un no parar y llegaron a llamarme incluso un domingo por la mañana, mientras yo disfrutaba de una barbacoa en el chalet de la sierra de un amigo mío. Tuve que poner fin inmediatamente a aquello de la mejor manera que supe: dejar de contestar a todas las llamadas posibles.

Para más joder, el viernes llevaba un considerabilísimo pedo entre pecho y espalda, y una persona a la que conozco de salir por ahí y a la que he visto varias veces me pidió mi número. Yo tenía las neuronas encharcadas en alcohol, y cuando me pasa eso soy la persona más naif e inocente del mundo. Así que se lo di, todo con intenciones buenísimas. Recuerdo que me dijo algo como “y si cualquier día que vengáis, queréis que os ponga en lista, me llamas y ya está”. Ah, el viejo truco. Y claro, yo que si estoy a nueve cifras de ahorrarme 10 lereles todos los fines de semana me vuelvo loco, le facilité mi número. Que tengo la economía tocada.

A partir de ahí, mi teléfono se ha convertido en una especie de orgía llamadil que requiere mi atención cuando menos me lo espero. Evidentemente, algo tenía que hacer, así que hoy he cortado un poco por lo sano con el sujeto: “oye, que yo estoy comprometido, así que no vamos a tener nada”. Creo que se enfadó un poco, pero en fin. La vida es dura y yo acabo de perder 10 euros a la semana.
[Mood:
¡Deja de llamarme, hostias!]
[My iPod says: Chico y Chica / ¿Por qué la ha escogido?]

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3 Responses to Piticlín, piticlín

  1. eurocero dice:

    Hey, encantado de volver a leerte, aunque, bien pensado, nunca he dejado de hacerlo. Todo esto suponiendo que seas quien yo pienso, claro. Saludos.

  2. kaperucito dice:

    🙂 :*

  3. Tony Tornado dice:

    uys, yo recuerdo que te pedí un favor super cortado hará cosa de un año y no dudaste nada en hacérmelo (el favor, digo).

    Y me hiciste el tío más feliz del mundo por una noche. De hecho, la semana pasada me habrías venido fastuosamente bien…

    😉

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