Llegué de Salamandria el domingo, pero lo cierto es que ayer me apetecía entre nada y nada de nada actualizar. Y el caso es que me lo he pasado muy bien y el viaje ha sido lo más, pero es que por muy poco tiempo que me vaya de vacaciones, cada vez que tengo que volver al trabajo, esto se convierte en un infierno barroco® y me quiero morir. Pues eso, hablamos del ya consabido ‘no quiero iiiiiiiiiiiiir’ que nos acecha todas las mañanas del lunes y todos los días después de fiestas de guardar.
El viernes llegamos a la ciudad castellana un poco tarde, después de habernos pasado en torno a 45 minutos detrás de un camión por una carretera comarcal. Yo no soy muy buen conductor, y le tengo un poco de pánico a adelantar, así que decidí esperar a que empezase la autovía de entrada a Salamanca, que dura como cinco kilómetros. Fue un viaje horrible, pero bueno, sobrevivimos. Y a Ann no se le salió el corazón por la boca, pese a que estuvo a punto.
Una vez allí, cenamos y nos vestimos para salir un poquito, vamos, una cosa normal. Al final, entre el Café Moderno (mi sitio preferido de allí), el Carmen y otro sitio del que no me acuerdo el nombre, me terminé agarrando una moña de las que hacen historia -tampoco habíamos cenado mucho- y ###censored###.
Después de dormir hasta las 16, que tiene tela, me desperté a mesa puesta y me eché la siesta, porque tenía una resaca incomprensible. Ya bien entrada la tarde, Piscu, salmantino de toda la vida, nos llevó a hacer un poco de turismo por la ciudad, pese a que ya habíamos estado casi todos. Sin embargo, él siempre se guarda un as en la manga y nos enseñó cosas diferentes a las del año pasado, porque dice que si nos lo enseña todo de una vez, probablemente no volvamos nunca. A mí me encantó todo, pero me encantó más lo cochinos que nos pusimos de tapas y raciones. Joserra y yo, de hecho, nos comimos un plato entero de lo último que nos pusieron porque Ann y Piscu no podían más. Lo mejor de todo esto es que, pese a mis excesos vacacionales, una vez en casa y en la báscula, me doy cuenta de que siempre adelgazo. Tiene mucho arte mi metabolismo, porque menudo veranito de ponerme ciego y seguir pesando 80 kilos indefectiblemente.
Una vez hubimos terminado de comer, nos dirigimos a por el coche para ir a ponernos guapos, no sin antes columpiarnos un poco en un parque cercano, donde Ann perdió su dignidad y después hicimos lo mismo todos cuando una hora más tarde fuimos a buscar lo que él había perdido -sin ser capaces de encontrarlo-. Y es que no puedes columpiarte alegremente con 30 lerus en el bolsillo, que luego no van a estar ahí para ti (o sí, pero igual con lo de noche que era, pues no los vimos).
Esto le fastidió ya un poco la noche, y al final se terminó marchando prontísimo. Piscu y yo nos reímos de él y de Joserra y luego nos quedamos haciendo el cafre por allí con los amigos de Piscu de la infancia, hasta que nos entró hambre y fuimos a ponernos ciegos de baguettes. Como ya se había hecho bien tarde, nos encajamos los seis que estábamos en un todoterreno gigante y allá que nos fuimos a que cada uno de nosotros fuese depositado en su respectiva casa. Yo recuerdo aquella noche como de mucha risión y mucho savoir faire por parte de la conductora, que nos llevo feténmente. Lo mejor llegó cuando, en mitad del frío nocherniego, Piscu empapó de agua a uno de sus amigos, ante las carcajadas de todos los que ocupábamos el coche. Una vez depositados en casa, despertamos a Ann y a Joserra con nuestras risotadas de hiena a las 5.00 AM, que tuvo mucho arte. Yo veía la cara de Ann, y cómo deseaba arrancarnos las cuerdas vocales con sus propias manos mientras nosotros no podíamos parar el ataque de risa infernal que sufríamos.
El domingo, nada reseñable. Comimos una cosa nada ligera y nos embarcamos de nuevo en el viaje a Madrid, mientras cantábamos Rent en modo desgañitarse on. Qué arte tenemos cuando nos da por hacer mariconadas de este tipo.
[Mood:
Pues aquí, enfrascado en un reportaje...]
[My iPod says: Justice - D.A.N.C.E.]